El rostro de los jugadores de la Selección mientras cantaban el Himno fue, para todos los argentinos, casi como un grito de guerra. Pero no desde la confrontación, sino desde la reivindicación. Una especie de mensaje claro y contundente: “Acá estamos y sabemos lo que hicieron”. Después llegó la superioridad deportiva que nuestros muchachos supieron conseguir con la autoridad de un verdadero campeón del mundo, para alegría de 45 millones de argentinos.

Por Nicolás Luque
Pocas horas antes de que comenzara el partido entre la Selección nacional e Inglaterra, el DT argentino Lionel Scaloni sentenció: “Es sólo un partido de fútbol”.
Pero, como se dice comúnmente, “en la cancha se ven los pingos”, y eso quedó demostrado desde el minuto cero.
El cruce de miradas y el roce de las primeras jugadas parecían premonitorios de lo que estaba por suceder. La tensión comenzó a vibrar cuerpo a cuerpo y minuto a minuto.
La pelota se entremezcló con la memoria y el dolor que nos produce, como pueblo, la usurpación ilegal, colonial e ilegítima de las Islas Malvinas.
El equipo inglés no fue el que ordenó el hundimiento del ARA General Belgrano, causando uno de los crímenes de guerra más sanguinarios de los que se tenga memoria, pero la escuadra encarna a una sociedad que no se inquieta moralmente por su pasado y presente imperial de saqueo.
Y aunque el tiempo pase, todavía caminan sobre la tierra personas que explican y justifican el dominio a base de fusil sin siquiera sonrojarse.
Por eso, el seleccionado argentino salió a la cancha a representar a un pueblo entero, que todavía sangra por la herida abierta de Malvinas, por las miles de familias que perdieron a sus hijos, hermanos, padres o amigos en aquella guerra atroz.
Claro que no fue sólo un partido de fútbol, sino una forma de demostrar que existimos, que sufrimos, que amamos y que no nos rendimos.
Aunque todos intentaron acallar ese grito sagrado que es nuestro legítimo y sagrado grito de soberanía, estos 11 monstruos que salen a la cancha a comerse el mundo entero nos demostraron, una vez más, su inmensidad y grandeza.
Un trapo escrito a mano, con pasión y orgullo, hoy recorre el mundo como una imagen que le recuerda a la humanidad que ese pedacito de tierra que llamamos Islas Malvinas fue, es y será siempre argentino.


